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Clínica DLS by Dra. Lledó SalesGuías DLSGuías
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SIBO: qué es, síntomas, diagnóstico y tratamiento

La hinchazón, los gases o los cambios en el ritmo intestinal pueden aparecer en el SIBO, pero también en muchas otras situaciones. Entender qué significa realmente este diagnóstico ayuda a evitar tanto pasarlo por alto como atribuirle síntomas que tienen otra causa.

Información médica general. No sustituye una valoración profesional individual.

Qué significa SIBO

SIBO son las siglas en inglés de Small Intestinal Bacterial Overgrowth: sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado.

El intestino delgado no es estéril. Tiene microorganismos, pero en condiciones normales su cantidad y distribución son diferentes de las del colon. Hablamos de SIBO cuando existe una proliferación bacteriana anormal en el intestino delgado que se asocia a síntomas o consecuencias clínicas.

Ese exceso de fermentación en un lugar donde no debería producirse de la misma manera puede generar gases, alterar el tránsito y, en casos más importantes, interferir con la digestión o absorción de nutrientes.

La palabra “sobrecrecimiento” es útil, pero no convierte el SIBO en una entidad que pueda reconocerse solo por cómo se siente el abdomen. La definición y los métodos diagnósticos siguen teniendo zonas de incertidumbre, y por eso el contexto clínico importa tanto como la prueba.

Los síntomas orientan, pero no hacen el diagnóstico

Los síntomas que aparecen con más frecuencia incluyen:

• hinchazón o distensión abdominal;

• gases o flatulencia;

• dolor o molestias abdominales;

• diarrea;

• estreñimiento, especialmente cuando predomina la producción de metano;

• sensación de digestión alterada, náuseas o cambios del ritmo intestinal.

En casos con malabsorción relevante también pueden aparecer pérdida de peso no buscada o déficits nutricionales, aunque esto no es lo habitual en todas las personas con sospecha de SIBO.

El problema es que ninguno de estos síntomas es específico. El síndrome de intestino irritable, intolerancias o malabsorción de determinados hidratos de carbono, estreñimiento, enfermedad celíaca, trastornos del eje intestino-cerebro y muchas otras situaciones pueden producir un cuadro muy parecido.

Por qué puede aparecer un sobrecrecimiento en el intestino delgado

El intestino dispone de mecanismos que ayudan a evitar que las bacterias se acumulen donde no corresponde: movimiento intestinal, secreciones digestivas, integridad anatómica y paso ordenado del contenido hacia el colon.

El riesgo de SIBO aumenta sobre todo cuando alguno de esos mecanismos cambia. Entre las situaciones asociadas pueden encontrarse:

• alteraciones de la motilidad intestinal o del complejo motor migratorio;

• enfermedades que enlentecen el tránsito, como algunas neuropatías asociadas a diabetes o la esclerosis sistémica;

• cambios anatómicos después de determinadas cirugías digestivas;

• estenosis, asas ciegas, divertículos del intestino delgado u otras situaciones que favorecen estasis;

• trastornos digestivos que modifican el entorno intestinal y aumentan la probabilidad clínica de sobrecrecimiento.

Encontrar y tratar, cuando es posible, el factor que favorece la recurrencia puede ser tan importante como tratar el episodio de sobrecrecimiento.

Cómo se diagnostica el SIBO

No existe una única prueba perfecta que resuelva todos los casos.

La aspiración y cultivo de contenido del intestino delgado puede utilizarse en contextos especializados y permite medir microorganismos directamente. Un umbral de más de 10³ unidades formadoras de colonias por mililitro se utiliza como referencia en parte de la literatura actual. Sin embargo, es una técnica invasiva, toma una muestra de una zona limitada y puede contaminarse durante el procedimiento.

Por eso, en la práctica clínica se utilizan con mucha frecuencia los test de aliento con hidrógeno y metano. Son no invasivos y sencillos de repetir, pero su interpretación tiene limitaciones que merece conocer.

Qué mide un test de aliento

La persona ingiere un sustrato fermentable, habitualmente glucosa o lactulosa, y después sopla en intervalos definidos. El laboratorio mide gases producidos por microorganismos y eliminados a través de la respiración.

Un criterio ampliamente utilizado considera compatible con SIBO por hidrógeno una subida de al menos 20 partes por millón (ppm) respecto al valor basal dentro de los primeros 90 minutos. Para metano, un valor de 10 ppm o más en cualquier momento del estudio se considera metano-positivo en los consensos más utilizados.

Estos umbrales ayudan a estandarizar la lectura. No convierten el test en una “verdad binaria”. El resultado debe encajar con la preparación, el sustrato, el tránsito intestinal y la probabilidad de que exista sobrecrecimiento en esa persona.

Hidrógeno y metano no significan exactamente lo mismo

HallazgoQué significa de forma prácticaRelación clínica habitual
HidrógenoLo producen determinadas bacterias al fermentar el sustrato.Un ascenso precoz puede apoyar el diagnóstico de SIBO cuando el contexto y la prueba son adecuados.
MetanoLo producen principalmente arqueas metanógenas, no bacterias.Se asocia especialmente a tránsito lento y estreñimiento. El término más preciso es sobrecrecimiento de metanógenos intestinales (IMO).

Esta diferencia importa porque una persona puede tener un patrón de hidrógeno, de metano o mixto. Además, los metanógenos consumen hidrógeno para producir metano, de modo que medir solo hidrógeno puede perder información relevante.

Por qué un test de aliento puede dar falsos positivos o falsos negativos

La principal limitación es que el test no “ve” directamente dónde están los microorganismos. Interpreta gases en función del momento en que aparecen.

Eso abre varias fuentes de error:

• un tránsito orocecal rápido puede hacer que la lactulosa llegue pronto al colon y generar una subida temprana de hidrógeno que parezca SIBO;

• la glucosa se absorbe en el intestino proximal y puede ser más específica, pero puede no detectar un sobrecrecimiento situado más distalmente;

• una preparación insuficiente antes de la prueba, antibióticos recientes, cambios dietéticos o alteraciones del tránsito pueden modificar el resultado;

• las personas producen gases de forma diferente y la presencia de metano puede reducir la cantidad de hidrógeno medido;

• un resultado negativo no excluye todas las causas posibles de los síntomas.

Por esta razón existen recomendaciones diferentes sobre qué sustrato usar y en qué pacientes. Algunas guías aceptan tanto glucosa como lactulosa; otras ponen más énfasis en las limitaciones de la lactulosa, especialmente cuando el tránsito rápido puede confundir la interpretación.

Cómo se trata actualmente

El tratamiento tiene dos objetivos: reducir el sobrecrecimiento cuando está clínicamente indicado y, siempre que sea posible, actuar sobre la causa que favorece que vuelva a aparecer.

Los antibióticos son una de las herramientas más utilizadas. La rifaximina es uno de los antibióticos más estudiados en la literatura para SIBO, aunque su utilización concreta debe individualizarse médicamente y ajustarse al marco de autorización vigente. Existen otros esquemas y la elección puede cambiar según el contexto clínico, el patrón de gases, antecedentes, recurrencias y tolerancia.

No existe una duración universal de antibiótico válida para todas las personas ni una pauta que deba copiarse de Internet. La evidencia sobre regímenes concretos es heterogénea y el tratamiento debe individualizarse médicamente.

Cuando existen déficits nutricionales o malabsorción, también hay que corregirlos. Y si existe una alteración de motilidad, una cirugía previa u otro factor predisponente, ignorarlo aumenta la posibilidad de que el problema reaparezca.

Qué papel tiene la alimentación

La alimentación puede cambiar mucho los síntomas sin que eso signifique que esté “matando” el sobrecrecimiento.

Reducir temporalmente ciertos hidratos muy fermentables puede disminuir gas, distensión y dolor en algunas personas. La dieta baja en FODMAP es el ejemplo más conocido, sobre todo por su evidencia en síndrome de intestino irritable.

En SIBO puede utilizarse de forma seleccionada para controlar síntomas, pero la evidencia no permite presentarla como un tratamiento capaz de erradicar el sobrecrecimiento ni como una obligación universal.

Cuando se utiliza, suele tener más sentido plantearla como una estrategia temporal con reintroducción progresiva y adaptación posterior, evitando restricciones innecesarias a largo plazo.

Probióticos y suplementos: una parte mucho menos cerrada de la evidencia

Los probióticos no pueden presentarse como “esenciales” en el tratamiento del SIBO.

Existen estudios que sugieren beneficio con algunas formulaciones, pero la evidencia global es de baja calidad, con productos, dosis y diseños muy diferentes. No hay un probiótico universal que haya demostrado resolver el SIBO de forma consistente.

Algo parecido ocurre con suplementos o preparados herbales antimicrobianos: hay datos preliminares y experiencias clínicas, pero no una base suficiente para considerarlos equivalentes a un tratamiento médico estándar ni para recomendarlos de forma automática.

La decisión de utilizarlos debería responder a un objetivo concreto y no a la idea de que todo SIBO necesita “reconstruir la microbiota” con una lista fija de productos.

Por qué puede volver

La recurrencia es frecuente, sobre todo cuando persiste el factor que facilitó el sobrecrecimiento.

Puede reaparecer si siguen existiendo problemas de motilidad, cambios anatómicos, alteraciones del tránsito u otras condiciones predisponentes. También puede ocurrir que los síntomas regresen y la causa ya no sea exactamente la misma que la primera vez.

Por eso, ante una recaída, repetir antibióticos automáticamente sin revisar el contexto puede simplificar demasiado el problema. A veces merece confirmar de nuevo el diagnóstico o explorar otras causas de los síntomas.

Cuándo merece una valoración médica

Los síntomas digestivos persistentes merecen valoración si interfieren de forma relevante con la vida diaria, se repiten durante semanas o aparecen junto a señales que hacen importante descartar otras enfermedades.

Conviene consultar especialmente ante:

• pérdida de peso no buscada;

• sangre en las heces o sangrado digestivo;

• anemia o déficits nutricionales;

• fiebre;

• dolor abdominal intenso o progresivo;

• vómitos persistentes o dificultad para mantener una buena hidratación;

• síntomas nocturnos importantes;

• diarrea persistente, signos de malabsorción o un cambio intestinal nuevo que no se explica.

También es importante revisar el diagnóstico cuando una persona acumula ciclos de tratamientos sin una respuesta clara. En ese escenario, volver a la pregunta inicial —qué está produciendo realmente los síntomas— puede ser más útil que seguir tratando una etiqueta.

Conclusión

El SIBO existe, puede producir síntomas importantes y tiene opciones de diagnóstico y tratamiento. Al mismo tiempo, comparte manifestaciones con muchos otros trastornos digestivos y sus pruebas no son perfectas.

La forma más rigurosa de abordarlo es unir síntomas, factores de riesgo y pruebas bien realizadas; utilizar el tratamiento médico cuando está indicado; evitar dietas o suplementos como recetas universales; y buscar la causa de fondo cuando existe una tendencia a repetir episodios.

Una buena explicación del SIBO no debería dejarte con una lista más larga de prohibiciones. Debería ayudarte a entender qué sabemos, qué no sabemos con certeza y qué información hace falta para tomar una decisión clínica sensata.

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