Colágeno, elasticidad, grosor, tejido y volumen participan en cómo se adapta una zona.
La piel tiene una estructura que le permite resistir, estirarse y recuperar parte de su forma.
Con el tiempo, esa capacidad puede cambiar.
También puede hacerlo después de variaciones importantes de volumen.
La cantidad de tejido que hay debajo influye además en cómo se sostiene y se percibe la superficie.
Por eso una zona con piel algo menos firme no plantea la misma situación que otra donde existe una laxitud mucho más marcada después de una gran pérdida de volumen.

